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La Bombilla

Con el transcurso del tiempo, en el territorio que se extiende al oriente del Río Uruguay, diversas culturas han adoptado variadas formas para disfrutar de la yerba-mate. Una de ellas consistía en utilizar las hojas de la planta, enteras o apenas partidas, previamente remojadas en un recipiente con agua caliente. Si bien esta forma de beber la yerba-mate, surgió espontáneamente en el seno de algunas comunidades nativas, en otras, fue impuesta por dos razones diferentes. Los Encomenderos o esclavistas observaron que con este modo de consumo, no se perdía tiempo, ya que en pocos segundos el nativo saciaba su sed y adquiría energías; si bien no las necesarias, sí las suficientes para seguir desarrollando su tarea.

Por otra parte, en las Reducciones los Jesuitas no veían con buenos ojos que un tallo de gramínea ahuecado - generalmente de caña - fuera compartido entre varias personas en un mismo recipiente, razón por la cual, una vez aceptada la infusión, obligaron al aborigen a abandonar la bombilla sirviéndose la yerba-mate como mate cocido.

En igual sentido el uso de la bombilla no fue inicialmente aceptado en todos los salones coloniales; en su lugar se empleaba un colador o un apartador. Este último era una cuchara chata de metal, con la cual en el momento de tomar, se sujetaban las hojas de yerba-mate a un costado del recipiente. Pero poco a poco esta resistencia se fue quebrando, generalizándose la utilización de la bombilla de metal.

El Mate

En los niveles económicos bajos, se utilizaba un mate obtenido de la naturaleza (guampa, caña, madera, poro), y tanto la caldera como la bombilla eran de lata. En el otro extremo, las familias patricias utilizaban todo el equipamiento de plata finamente grabada. Sobre la bandeja se apoyaba la pava hornillo, la cual poseía un compartimiento para colocar el agua y otro para colocar brasas, que mantenían constante el calor del agua. El mate era de dimensiones muy pequeñas e incluso su boca apenas permitía introducir la bombilla. El agua se vertía entonces sobre toda la yerba, lo que obligaba cada pocas cebaduras a su renovación, razón por la cual la yerbera y azucarera estaban incluidas en una sola pieza.

El entusiasmo por el consumo de la yerba-mate no se limitaba a los indios o criollos. Rápidamente los inmigrantes incorporaban naturalmente a sus costumbres el hábito de consumir esta infusión. En este sentido diversas crónicas del siglo XVIII, al describir el salón de recepción de las casas, destacan la localización en dicha sala de la bandeja con los implementos para tomar mate.

A fines del siglo XIX, el costoso mate de plata fue sustituido por los mates cerámicos especialmente los de porcelana y loza, provenientes principalmente de Austria y Alemania.
Las personas que no podían acceder a este tipo de mates, para distinguir el propio, obtenido del poro tradicional, retomaron una antigua técnica nativa que consistía en atar al fruto en su etapa de crecimiento, resistentes fibras vegetales. Al desarrollarse la planta, entre los cruzamientos se originaban globulaciones, las cuales eran decoradas con trenzas de cuero o cintas torneadas de plata y oro. La gran aceptación del mate moldeado revalorizó, a comienzos del siglo XIX, las características exclusivas que a esta infusión solo brindan los continentes naturales, razón por la cual, cuando estos poros fueron abandonados, porque en su interior las concavidades dificultaban el manejo de la cebadura, se continuó usando el poro natural, especialmente el mate galleta.

A principio del siglo XX este tipo de mate logró su mayor esplendor, siendo el más apetecido por creerse que era el mejor para tomar mate amargo. Se utilizaba sin ningún retobo (forro de cuero), y los niveles socioeconómicos altos lo adquirían con una virola o boquilla de metal, que combinaba generalmente plata y oro. A mediados del siglo XX, el escaso tamaño de la boca de este tipo de mate, comenzó a visualizarse como una dificultad para un correcto cebado, lo que en definitiva determinó su sustitución por los poros cuyo contorno tiende a ser esférico.

Para fines del siglo XX, el mate pico-porongo, empleado y popularizado por los camioneros debido a que su boca más ancha -que nos recuerda un embudo- minimiza la posibilidad de derrame de agua, irrumpió con gran auge entre las preferencia de los uruguayos. Al mismo tiempo la tradicional calabacita que hace pocos años posaba generalmente desnuda en los escaparates de los artesanos, ahora aglutinaba decenas de técnicas decorativas. La virola de metal protege su boca y retobos, en toda clase de material, principalmente cuero, engalanan el continente de la yerba.

La tradicional matera - invento uruguayo - de cuero de suela, acompañó este engalanamiento, incorporando delicadas costuras, finos cierres y badana de finas terminaciones.

La Caldera

La forma de calentar el agua ha ido evolucionando desde sus orígenes con los guaraníes. El agua se calentaba en un cuenco. El cuenco era un recipiente de barro cocido, producto de la alfarería aborigen, denominado itacuguá, es decir, recipiente (guá) pera el agua (i) caliente (tacu). Evolucionó y de Europa llegó la caldera que era de bronce.

El Termo

Este fue inventado en Uruguay, a mediados del siglo pasado, cuando en la región se instalaron, las primeras fábricas de termos.

El termo fue determinante en la rutina de esta infusión. A la disponibilidad de tomar mate a toda hora, se sumó la posibilidad de consumirlo en cualquier sitio, al poder conservarse el agua a una temperatura adecuada. Se selló así una amistad permanente entre el mate y el uruguayo.